La Pequeña Estrella

Después de un tiempo forzado de desconexión digital, vuelvo hoy al blog para seguir compartiendo con vosotros. En esta ocasión os dejo un relato que presenté como colaboración hace muy poquito en la página “Buenos Relatos” (https://buenosrelatos.com/), una página que os recomiendo visitar porque está llena de escritos extraordinarios.

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La pigmea estrella fulguraba en el negro firmamento, temerosa de que la eterna sombra de la noche le arrebatase sus pequeños destellos. Temía perderse en la lúgubre morada del cielo, devorada por la torva mirada de la oscuridad. Temblaba, desde un minúsculo punto perdido en la infinidad del Universo.

Había otras muchas estrellas mucho más arteras, más grandes, más intensas que, desde lejos, ya habían sido escogidas por algún ser humano para alumbrar sus pasos, y los brillantes astros como ofrenda, honraban los caminos de esos elegidos con la buenaventura, y con fulgurantes brillos desde las esferas celestes.

¿Pero qué tipo de suerte podía ofrecer aquel rescoldo de luz convulso en ciernes de extinción? ¿Quién podría confiar en su débil influjo? Así que, convencida de su desdicha, la estrellita lloraba…

No tenía sentido seguir viviendo en aquel injusto firmamento. No había bellos destinos que escribir con su débil estela… Desesperada, aquella noche, decidió apagarse para siempre.

La Luna, reina de moradas nocturnas, estremecida al intuir las intenciones del pequeño brillo, trató de consolarlo para evitar una nueva tragedia. Cada vez le acompañaban menos estrellas… No podía consentir más tristes desapariciones.

Trató de convencerla desviando parte de su reflejo del sol hacia ella, convirtiendo su luz pálida en un intenso resplandor al que adorar desde la Tierra… Pero nada pudo hacerse, la estrellita no quería servirse de aquella mentira. Atormentada, no atendió a razones.

Desde nuestro suelo, se vio fugaz, una chispa, desprenderse del manto negro y extinguirse en el vacío de la nada. Fue breve, pero verdaderamente intenso.

La pequeña niña sintió cómo su pecho se sobrecogía, y no pudo evitar una lágrima. Cayó entre sus dos pies. No entendió por qué lloraba… No lo entendió, pero lloraba.

Quizás, era su estrella.

“Jamás conocerás con certeza el verdadero valor y alcance de tu brillo, por débil y pequeño que te parezca. Por eso, sigue tu propia naturaleza, sin compararte, sin juzgarte… Cumple tu misión, y sigue brillando… Quizás, sin saberlo, seas la “pequeña” estrella de alguien…”